¿Y si en 2017 exploramos una posibilidad?

 

Nos pasamos la vida cerrando puertas y achicando perspectivas, haciendo nuestro mundo más estrecho, encauzando -nunca mejor dicho- nuestro destino. Y, por el camino, nos dejamos muchas vidas sin vivir, muchas posibilidades sin realizar. 

Las elecciones que nos marcan las hacemos a muy temprana edad. Por ejemplo, ¿letras o ciencias? La disyuntiva nos cierra a cal y canto un montón de vidas posibles. ¿Cómo hubiéramos sido si la elección hubiera sido la contraria? ¿Cuántas vidas posibles nos dejamos sin vivir? 

Nos cuesta imaginar todo no explorado. Lo que dejamos atrás o de costado. ¿Qué otras vidas son posibles? ¿Qué podemos hacer y no hacemos? ¿Cuál es nuestra caja de posibilidades? Si lo pensamos seriamente, cada uno de nosotros es una inmensidad. 

Muchas de estas cosas posibles nunca las haremos realidad porque los convencionalismos, lo que se espera de nosotros o un cierto fatalismo pesimista nos impide crear e incluso pensar que otra manera de hacer las cosas es posible.

Y aun así, la vida te sigue ofreciendo disyuntivas de continuo. Como un enorme mapa mental que se abre al infinito. A mi la madurez me regaló la oportunidad de reescribir mi vida, de resituar mi papel, de protagonizar aventuras, de descubrir o redescubrir que yo también podría ser creativa, de abrir puertas que se habían cerrado hace mucho, quizás en la infancia, en aquella época en la que todo era posible porque todo estaba por escribir. De repente me sentí capaz de ejercitar músculos que hace mucho tiempo que di por perdidos o que yo misma me narré mal:”tengo memoria de pez”, “no soy creativa”…decías y te lo acababas creyendo y por tanto tu realidad se acababa convirtiendo en una profecía autocumplida. Y cerrabas esas puertas con varios candados hasta que se oxidaban de no abrirlos nunca.

Como en el poema de Benedetti, abrir los candados, correr los cerrojos, atreverse a mover las pesadas puertas, escuchar el rechinar de los goznes por la falta de uso y por fin la claridad de una nueva realidad mucho más hermosa y la certeza de que ahí detrás se escondían otras muchas puertas por abrir y que, cada una de ellas, conduce a otras tantas posibilidades y así hasta el infinito.

Deshacer el camino trillado, lo que el mundo o la sociedad espera de ti en tu momento vital para apostar por tu propio camino, que no siempre es recto ni ascendente sino que a veces retrocede, se asoma a curvas cerradas, salta campo a través o se detiene en encrucijadas que parecen no tener solución de continuidad.

Creo en esta máxima: si podemos verbalizarlo e imaginarlo, podemos hacerlo. Pero la imaginación también está oxidada. La educación, el mundo, el sistema, las rutinas, los automatismos. Todo parece confabularse para despojarnos de la única arma realmente valiosa para sobrevivir en un mañana incierto en el que las máquinas harán casi todos los trabajos. Nuestra imaginación chirriante, escondida detrás de una pesada puerta que cerramos hace mucho. Y una vez abierta, encontraremos infinitas posibilidades para lo que parecía un único sendero. Cuántas bifurcaciones encontramos nada más que al preguntarnos, ¿y si…?

Acabamos de cerrar un año que parecía patrocinado por la ley de Murphy, en el que todo lo que podía salir mal, ha salido mal. Mi propuesta es que volvamos a abrir esas puertas que parece que se nos han cerrado con la certeza de que sí hay vuelta de hoja, de que se puede -y hasta debe y es sano- dudar, rectificar, deshacer, volver a andar.¿Cómo cambia la vida si te atreves a dar un volantazo fuerte?

¿Y si en 2017 abrimos puertas, exploramos posibilidades, le quitamos el óxido a lo que hace tanto tiempo dejamos de ejercitar?

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